¨Está secuela de todo comenzó por el fin me está matando.¨ Y lo mató, evidentemente. No me conmueve la muerte del hombre, me recoge recordar la existencia de su obra. Yo conocí a Luis Ospina en la admiración de mis profesores, un par de documentales y luego lo vi un día por ahí, por donde andan los chachos de la cultura en Cali. Las primeras veces con una chaqueta de cuero, que fue convirtiéndose en la silueta de una señora de sociedad. El artista suele sufrir esas metamorfosis, primero con la fama, luego con la consagración. Van de los Vans al cuero; y de ahí a la falda. No estoy hablando de su sexualidad, el ajuar de telas ligeras y altos vuelos se aparece de pronto en las vidas de los artistas rebeldes y los aseñora, es inevitable.

Parecía ser un buen tipo, sonriente al menos. Nada parecido a la coscorría de Oscar Campo, pero igual de inaccesible. Como muchos seres interdimensionales, a veces te veía, a veces no. Más allá de lo que todos pueden saber y las tres cosas de más que otros saben, no tengo puta idea de quien era este señor.

Pero me alegró siempre la existencia de su obra. Veo amigos muy afectados, como si de verdad hubiéramos perdido algo. Todos nos morimos y hay tanta muerte ajena, puede que más importantes que esta. No hemos perdido nada, el regalo que traía esta a recaudo.

Me llena de emoción su muerte, como si latiera algo grande, del tamaño destas lomas. Un latido nacional. La despedida es un poco para tomarle un pulso a esta esperanza.

Después sigo…