Del balcón rojo del Wallstreet cae un hombre. La noche ya se había acomodado contra las puertas de los bares que se negaban a sacrificar sus sillas a los lunes. Alrededor de su cuerpo se acumulan los ojos, y su sangre no se decide a ser poema sobre el gris que nos soporta.

Somos sombras sobre la carne. Metáforas fáciles, almas espantadas y curiosas frente a la vergüenza de un salto.

Ha sido apenas un piso, pero ahí está. Manso alcahueta de la muerte: no sé rebela, no lucha. Se deja ir con el hilo delicado de sangre que va a esconderse a la alcantarilla. Algo ha de salvarse, así sea para la sed de las ratas.

Yo levantó la mirada, no me alcanza para conmoverme, cuando llevas a cuestas un cementerio de sueños, no te conmueven los fantasmas.

Su cabeza recibió el impacto, estaba consciente e inmóvil, su mente divagaba por parajes inciertos. El alma, que de seguro no habita en las formas, lo mira. Hay más, pensé. Una presencia que no se va con la ambulancia y que brilla tenue entre la geometría de las luces de la noche.