Extraviados,

tejiendo puentes entre pieles y almas,

arando gemidos en los rincones donde vacila el destino.

Besando ombligos a sabiendas de que nada tiene centro,

acuchillando la entraña con mellados fierros,

apretando la encía sobre el fulgor inchado.

Nadie tiene dientes cuando se trata de la muerte.

El infinito es un pasillo

que desemboca en pliegues etéreos

donde no pasa nada.

Donde una sombra asexuada llora,

por que se han borrado las lineas de sus manos.