Despiertas y la muerte se ha echado a dormir sobre tu lengua.

Escupes meticulosamente en el vaso que dejaste a un lado de la cama y aunque el rostro desfigurado de tu aliento se conforma al fondo del vidrio, la peste no ha dejado tu boca.

Ese pasto de cerdos, ese bocado que se pudre, ese sabor que aborreces, eres tu.